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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/56

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—«Lo que yo desearía es que se diera con una piedra en los dientes. ¿Le parece que tres visitas á lo del doctor Pineal, hoy, son un juguete?»

—"Para mí nó; pero como usted me dijo que iba á ponerme en el secreto de la cosa.»

—«Es que no me atrevo. Si tuviera sangre de pato, podría mirar con indiferencia lo que va saliendo de todo esto; pero es que me he metido en un berengenal, y los nervios me bailan de impaciencia.»

El frenólogo me miró, sonriendo por debajo del bigote, y dijo:

—«No es impaciencia lo que tiene, sino frio en el espinazo.»

—«Nó; ni tengo frio, ni me falta la serenidad suficiente para continuar esta investigacion hasta el fin.»

—«Mire, amigo: yo lo conozco bien, y en su cara he visto la conviccion de que esos dos esqueletos son lo que digo: el uno de Mariano N., y el otro de Nicanor B. En su lugar, yo me iría á ver á uno de los Jueces de instruccion, ó á uno de los Comisarios de pesquisas, y le diría todo lo que ya he reunido.»

—«Me guardaría muy bien, porque estas investigaciones, llevadas á cabo con un fin novelesco, podrían servir perfectamente para iniciar un sumario criminal, en el que tendríamos que figurar á cada momento, y para cuyo desarrollo nos estarían llamando á cada instante.»

—«Pero, si eso es molesto para usted, mayor mo-