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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/27

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Y se alejó corriendo.

A los pocos minutos penetró en la sala un caballero como de cincuenta años, de estatura mediana y aspecto grave.

Despues de los saludos de estilo, nos invitó á sentarnos.

Y anticipándome á sus preguntas.

—«Señor,»—le dije—«esta visita es lo más curiosa que usted se puede imaginar.»

—«En efecto; no se me ocurre á qué la debo. Sin embargo, sea cual fuere el motivo, para mí es una satisfaccion.»

—«Mil gracias. Si no le es inoportuna por el tiempo, y si nos puede conceder media hora. le quedaré muy grato.»

—«Todo el tiempo que usted quiera.»

—«Gracias, señor. A pesar de su amabilidad, me veré obligado á suspenderla, si el envio de mi tarjeta no representa más que una banalidad social.»

—«No, doctor; usted no es para mí un desconocido. Soy uno de sus lectores más asiduos. Sus primeros escritos me causaron sorpresa, la que fué mayor cuando le ví por vez primera, porque pensaba que usted era alto, rubio, delgado, de ojos azules y anteojos, de un tipo así por el estilo de Carlos Antonio Scotti, nuestro comun amigo, y por el cual, con la recomendacion, pude leer su trabajo sobre La bota fuerte y el chiripá como factores de progreso