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III — Los Atlantes

Y, á la manera que la ola arrastra perlas y conchas, parecía desengastar y llevarse los astros; mas de pronto, arrojándolos, cual flores entre escombros, fatídicas señales borroneó en los cielos.


¡Guay! de vosotros, Atlantes, mas ¡guay! de vuestro imperio que, como el sol, desciende al mar desde su zenit; lo que los cielos anuncian en misterioso lenguaje, bien á las claras lo pregona en su desvarío la tierra dolorida.


He visto horrendos sacrificios de vírgenes y de infantes, he visto á la inocencia supeditada por el tenebroso crimen; doquier, convertidos los pueblos en ferial de vicios; y á éstos, robar el incienso á los dioses en el templo mismo.


He visto á tiernos niños volquearse en la orgía, á padres poner en venta á sus hijos, á nietos descartar al postrado abuelo cual insufrible carga; y al hermano beber la sangre del hermano; he visto... —


Interrúmpele un Titán, engendro de la naturaleza, que, bisojo y de contrahecha figura, acaba de entrar; y lívido, cual difunto que escapa de la fosa, del templo por las tumbas hace resonar su clamor.