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DE LOS INSECTOS

tas gotas de agua les han procurado las alegrías del sol.

Horus Apolo tenía razón por segunda vez. Ciertamente, no es la madre la que arroja la bola al agua, como dice el viejo autor; es la nube la que ejecuta la libertadora ablución; es la lluvia la que hace posible la última liberación. Al estado natural, las cosas deben de pasar como en mis experimentos. En agosto, en un suelo calcinado, bajo una pantalla de tierra de poco espesor, las cortezas, cocidas como ladrillos, poseen casi todas la dureza del guijarro. El insecto es impotente para desgastar su ataúd y salir. Pero cae un aguacero, bautismo vivificante esperado con ansia por la simiente de la planta y por la familia del escarabajo; cae un poco de lluvia, y en los campos se realiza como una resurrección.

La tierra se embebe. He aquí el paño mojado de mi experimento. Al contacto del agua, la corteza recupera la blandura de los primeros días, la caja se ablanda; el insecto pone en juego las patas y empuja con el dorso; ya está libre. Y en efecto: en el mes de septiembre, con las primeras lluvias, preludio del otoño, es cuando el escarabajo deja la madriguera natal y va a animar los prados pastoriles, como los animaba en primavera la precedente generación. La nube, hasta aquella época tan avara, viene al fin a libertarlo.

En condiciones de excepcional frescura del suelo, la ruptura de la corteza y la salida del habitante pueden sobrevenir en época anterior; pero en terreno calcinado por el implacable sol del verano, el escarabajo, por mucha prisa que se dé para salir a la luz, tiene que esperar forzosamente a que las primeras lluvias ablanden su indomable cáscara. Un chaparrón es para él cuestión de vida