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DE LOS INSECTOS

Llamamos asociados, aunque ésta no sea la palabra adecuada, a los dos colaboradores, uno de los cuales se impone y el otro acepta quizá oficios extraños tan sólo por evitar un mal peor. No obstante, el encuentro es de los más pacíficos. El propietario no se desvía ni un instante de su trabajo en el momento en que llega el acólito; y éste parece animado de las mejores intenciones y se pone incontinenti a la obra. El enganche es diferente para cada asociado. El propietario ocupa la posición principal, el sitio de honor; empuja la carga por detrás, con las patas posteriores en alto y la cabeza abajo. El acólito se pone delante, en una posición inversa: la cabeza arriba, los brazos dentados en la bola y las largas patas posteriores en el suelo. La píldora camina entre los dos, empujada ante él por el primero, arrastrada por el segundo.

Los esfuerzos de los dos no son siempre concordantes, tanto más cuanto que el ayudante da la espalda al camino que ha de recorrer y el propietario tiene la vista interceptada por la carga. De esto resultan repetidos accidentes, grotescas volteretas, que cada cual soporta alegremente, procura enderezarse de prisa y tomar su posición sin invertir el orden. En lo llano no responde este sistema de acarreo al gasto dinámico, por falta de precisión en los movimientos combinados; el escarabajo de atrás lo haría por sí solo más de prisa y mejor. Por eso, el acólito, después de haber dado pruebas de su buen deseo, ante el riesgo de perturbar el mecanismo, toma el partido de estarse quieto; pero sin abandonar la preciosa pelota, que mira ya como suya. Pelota tocada es pelota adquirida. Mas él no cometerá tal imprudencia, porque el otro lo dejaría plantado.

La vida de los insectos.
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