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DE LOS INSECTOS

un insecto aplastándolo brutalmente con el pie está al alcance de todos; pero matarlo limpiamente, sin que lo parezca, no es operación fácil. ¡Cuántos hombres se verían en insuperable compromiso si se les propusiera matar en el acto, sin aplastarlo, un bichillo de vida dura, de los que aun arrancándoles la cabeza se agitan mucho tiempo todavía! Hay que ser entomólogo práctico para pensar en los medios por asfixia. Pero aun así, el resultado sería dudoso con los métodos primitivos del vapor de bencina o del azufre quemado, pues en estos medios deletéreos el insecto se agita largo tiempo y se le empaña el adorno. Hay que recurrir a procedimientos más heroicos; por ejemplo, a las terribles emanaciones del ácido prúsico que se desprende lentamente de tiritas de papel impregnadas de cianuro potásico; o bien a los fulminantes vapores de sulfuro de carbono, que es lo mejor, porque no es peligroso para el cazador de insectos. Se ve, pues, que es todo un arte, que requiere la ayuda del terrible arsenal de la química, el hecho de matar limpiamente un insecto, esto es, hacer lo que tan rápidamente obtiene el Cerceris con su elegante método, aun admitiendo la grosera hipótesis de que su víctima sea realmente cadáver.

¡Cadáver! Pero esto no es lo que de ordinario apetecen las larvas, minúsculos ogros aficionados a la carne fresca, y a los que la caza pasada —por poco que lo esté— les inspira insuperable repugnancia. Necesitan carne del día, sin tufillo alguno, primer indicio de corrupción. Pero la víctima no puede almacenarse viva en la celda, como nosotros hacemos con el ganado destinado a suministrar víveres frescos a la tripulación y a los pasajeros de un navío. ¿Qué sería, en efecto, del