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NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS 297

—Llegó mi vez—dijo—de ponerme á vuestras órdenes. Cesa ó sigue la partida?

Sin responder, quitó este de su dedo un anillo cuya piedra ocultaba en el revés de la mano.

Un lampo fulgoroso iluminó la sala, deslumbrado al capitan, que fijó una mirada de asombro en el rutilante carbunclo posado sobre la mesa y de cuyas facetas se desprendian rayos móviles y rojos como las llamas de un incendio.

—Ocho mil doblones contra esta joya que brilló en la nívea mano de la Zoraya—dijo el incógnito, poniendo el dedo sobre la misteriosa piedra.

—Pagárala yo con un tesoro—respondió Rogerio, fascinado por los purpúreos resplandores que partian de aquel foco luminoso—pero, desquite y ganancia juntos, no alcanzan, sabeislo bien á esa suma.

—Seguid, señor capitan—repuso el desconocido con acerada sonrisa—seguid; que joya sé yo en poder vuestro mas valiosa y superior en belleza á este rojo hijo del abismo.

El capitan recorrió rápidamente los rincones de su memoria, sin encontrar ni joya ni nada que valiera un ardite; pero seducido cada vez mas por lairradiacion del carbunclo, arrebató los dados y sacudiéndolos con mano febril, los arrojó sobre el verde tapete

Una sorda imprecacion se escapó de los labios de Astolfo.