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EDGAR POE.

Luego las subdivisiones lateráles eran innumerables, iñconcebibles, volviendo y revolviendo tan bien sobre sí mismas, que nuestras más exactas ideas relativas al conjunto del edificio, no eran muy distintas de las que á través de las cuales considerábamos el infinito. En los cinco años de residencia, no he sido nunca capaz de determinar con precision en qué lugar lejano estaba situado el pequeño dormitorio que me habia sido señalado en compañía de otros diez y ocho ó veinte escolares.

La sala de estudio era la más grande de toda la casa, y aun del mundo entero, al menos yo no podía menos de conceptuarla así. Era muy larga, muy estrecha y lúgubremente baja, con ventanas en ojiva y un cielo raso de madera. En un ángulo separado, de donde emanaba el terror, habia un cuadrado recinto de ocho ó diez piés, representando el sanctum de nuestro rector, el venerable Bramby, durante las horas de estudio. Era de sólida construccion, con una maciza puerta; antes que abrirla en ausencia del dómine, hubiéramos preferido morir con agonía fuerte y cruel. En los otros dos ángulos había otras dos celdas análogas, objetos de una veneracion mucho menor, es cierto, pero siempre inspirando un terror bastante considerable; una la cátedra del maestro de humanidades, y la otra, la del maestro de inglés y matemáticas. Desparramados en medio de la sala innumerables bancos y pupitres, espantosamente carga-