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ANTÓN P. CHEJOV

De la ciudad he hecho traerte sardinas en conserva.

La Luna hace una mueca y se esconde detrás de las nubes; la felicidad humana le recuerda su aislamiento y su lecho solitario detrás de los montes y valles...

—¡El tren llega! ¡Qué hermoso!—exclama Varia.

A lo lejos aparecen tres ojos centelleantes. El jefe de estación sale al andén. Por todos lados aparecen luces de señales.

—Miraremos cómo se marcha el tren y nos iremos a casa—dice Sacha bostezando—. ¡Qué dichosos somos, Varia! Es verdad; parece un sueño.

El monstruo negro acércase al andén y se detiene... Por las ventanas alumbradas vense hombros, sombreros, caras dormidas...

—¡Hola, hola! —dicen desde un vagón—. Varia con su marido han salido a recibirnos. ¡Están aquí! ¡Varia! ¡Varia! ¡Hola!

Dos niñas saltan del coche y cuélganse de Varia. Detrás de ellas aparecen una señora regordeta y un caballero largo y flaco; luego dos colegiales cargados de maletas; después la institutriz, y, por último, detrás de la institutriz, la abuela.

—¡Ya nos tienes aquí, querido!—dice el caballero estrechando la mano a Sacha—. ¡Ya sé que nos esperabas! Perdías la paciencia esperando al tío; te enfadabas conmigo, seguramente. ¡Kolia, Kostia, Nina, Fifa... chiqui-