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ANTÓN P. CHEJOV

arrancó la tapa. Echamos una mirada y vimos que... el ataúd estaba vacío.

No había cadáver; pero había una carta con el contenido siguiente:


«Querido amigo: Ya sabrás que los negocios de mi suegro van de capa caída; tiene muchas deudas. Un día de éstos vendrán a embargarle, y esto nos arruinará y nos deshonrará. Hemos decidido esconder todo lo de más valor, y como la fortuna de mi suegro consiste en ataúdes (es el de más fama en nuestro pueblo), tuvimos que poner a salvo los mejores. Confío que tú, como buen amigo, me ayudarás a defender nuestra honra y nuestra fortuna, y a consecuencia de esto te envío un ataúd, rogándote que lo guardes hasta que pase el peligro. Necesitamos la ayuda de amigos y conocidos. No me niegues este favor. El ataúd no se quedará en tu cuarto mas que una semana. A cuantos se consideran amigos míos les he mandado muebles de ésos, contando con su nobleza y generosidad. Tu amigo, Tchelustin


Después de aquella noche tuve que curarme los nervios durante tres meses. Nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, salvó su fortuna y su honra. Ahora tiene una funeraria y vende panteones; pero sus negocios no prosperan, y cada noche, al volver a mi casa, temo ver junto a mi cama un catafalco o un panteón.