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EN LA TABERNA

E

L café del arrabal hervía. La voz ronca de la mujer podía escucharse con claridad en medio de aquel ambiente de barullo infernal, en que se mezclaba el grito insolente del compadre con el ruido producido por el choque seco de los vasos, que caían, golpeados con fuerza casi siempre, sobre la piedra mármol de las mesas.

Sin verguenza! cochino! y ¡qué te has creído! que yo soy juguete tuyo! y tan luego, por quién! miren la trasa!

Ella se había parado frente á frente de él y lo miraba con ojos de acusado-