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LA NIEBLA

E

NTRA la mancha inmensa y acuosa, á paso lento. Se abre en alas después, y empujada por una racha fría de viento Este, cubre de pronto el macizo de casas de la ciudad que duerme. Es un humo de agua que flota y se encajona en las calles. Ha entrado por asalto, invadiéndolo todo, sin encontrar otro obstáculo que el foco eléctrico en los sitios centrales y la luz de gas ó el farol de kerosene en el suburbio siempre triste.

Es un huésped nuevo entre nosotros que trae á la memoria el recuerdo de