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DE LA ENFERMEDAD

T

ienes ojos vacíos y boca sin carnes. Tienes narices sin cartílagos y cabellos color ceniza húmeda que despiden mal olor. Tu andar es intranquilo y parece que siempre anduvieras rastreando algo. Sé todas tus señas, sé todos tus movimientos. Te conozco perfectamente: eres la muerte. ¡Qué risa! Muchas veces te he visto asomarte por la puerta de mi habitación; muchas veces, al entreabrir mis ojos de enfermo, te he encontrado sentada al borde de mi lecho. Eres fea, muy fea, pero no horrible, y tu mueca estrafalaria me ha inspirado pensamientos que no han sido sugeridos por el espanto.