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Añadid á ese incentivo la volubilidad, la facundia en el decir, la licencia en las maneras, y junto con todo eso la repulsion más obstinada á otros favores, la punta quizá de una daga para contener al busnó que se desmanda, y comprendereis entónces que aquellos enamorados hijos de los corregidores y magnates que frecuentaban la compañía de las gitanas en sus asilos, y tomaban parte en sus danzas y fiestas nocturnas, fueran durante el dia los favorecedores de la casta proscrita juntamente con sus hermanas y sus madres, á quienes la gitanilla habia predicho venturas sin cuento.

Y no sólo venturas. La gitana, además de sus filtros de amor, vendia—¿y quién sabe si vende aún?— la raíz del buen baron, la yerba de Satanás, para uso de ciertas mujeres que quisieran no dejar ver los resultados de ciertos pasos.

Cada dia van siendo ménos frecuentes las antiguas prácticas de las gitanas, quienes, miéntras sus hombres chalaneaban en las férias y mercados, ellas tenían especial habilidad de manos para hacer desaparecer las monedas en los cambios, ustilar á baste, coger á la mano.

Entre esas prácticas, una muy añeja y que Jerónimo de Alcalá refiere en su novela Historia de Alonso, mozo de muchos amos, escrita á principios del siglo XVII, es la de la gran socaliña, jonjanó baró, en la cual caian—¿y caen todavía?—con más facilidad ciertas viudas ricas y avaras, que, por sugestion de la gitana embaucadora, reunian en un sitio oscuro y apartado gran porcion de alhajas, como cebo que atraería ó haría descubrir un tesoro escondido de muchísimo valor. Inútil es añadir que el tesoro no parecía, y la gitana socaliñaba para si el cebo de las prendas ó alhajas.

En todo este relato siempre hemos hablado con