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que tanto claman por sus antiguos fueros y privilegios, sólo tienden á esclavizar más y más á la clase que depende de ellos.

Puede decirse que en Hungría hay tres clases: la del magnate, la del siervo, la del gitano; y ¡contraste peregrino! allí el gitano vil, miserable, es libre como el magnate en medio de su vileza, ostenta la frente erguida en medio de su miseria, al paso que el siervo húngaro baja los ojos sumiso y degradado.

Allí los nobles están por cima de la ley, los zinganes por bajo de ella. A los primeros como tales, como vestidos ricamente, nádie les pide peaje al pasar un puente ó un portazgo; á los segundos, andrajosos, ó cási desnudos, nadie los detiene tampoco en su paso. Pero al labrador, al menestral, á la clase pechera, mil oficiales, tan siervos como ellos, les imponen trabas y gabelas.

El gitano húngaro es un ser singular que vejeta en medio de la más espantosa suciedad, y se nutre del más corrompido alimento, y aunque dedicado al oficio de chalan, de calderero, de herrero, de adivino y echador de cartas—por supuesto—hace de cuando en cuando sus excursiones de merodeo y robo, que duran muchos meses, á través de la Francia, de la Italia, hasta la misma campiña de Roma.

Y tanto en sus hediondas chozas, como en sus correrías vagabundas, se le ve siempre gozoso, siempre cantando, siempre tañendo algún instrumento, sobre todo el violin, en el que es reconocida su habilidad hasta en los espectáculos de París.

En Inglaterra, donde la tolerancia y la buena policía es más antigua que en ningun punto del continente, los gypsies ó gitanos han podido confundirse más presto con las otras castas, y apénas se cuentan diez mil boy día, que viven, ó ya sedentariamente como chalanes y caldereros, ó ya un poco nómada-