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de destierro, condenándole á ser azotado hasta brotar sangre, á sajarle las ventanas de las narices y raparle el cabello antes de conducirle al último límite de la provincia.

En otros puntos de Alemania, después de azotarlos y perseguirlos como bestias feroces en correrías de caza, llegaron hasta quemarlos, alguna vez á peticion de las mismas victimas, para librarse cuanto ántes de un mundo en que se los consideraba como séres tan réprobos.

Enrique VIII de Inglaterra dió su sancion en 1531 á un bill del Parlamento persiguiendo á los gitanos, el cual cayó brevemente en desuso, y fué publicado de nuevo bajo el reinado de su hija Isabel.

Apenas hay Estado ninguno de Europa que no arroje á los seudo-egipcios, sin fijarles sin embargo el lugar de su destierro, ni darles los medios de trasladarse allende el mar.

Así es que los gitanos, á pesar de los crímenes que les imputan y de los castigos que les aplican, resisten á todas esas medidas de opresion y destierro, multiplicándose las leyes é introduciéndose en ellas al propio tiempo penas contra los magnates y autoridades que les prestaban seguro y proteccion.

También en Francia, bajo el reinado de Francisco I, se acordaron disposiciones contra los gitanos, las que fueron solemnemente renovadas en tiempo de Cárlos IX, agravándose la persecucion por acta de los Estados generales reunidos en Orleans en 1561 para que se los exterminase por el hierro y el fuego. Con todo, esto no bastó, y en 1612 hubo que lanzar otro edicto de exterminio.

El emperador Carlos V, además de los decretos de persecucion ya citados que durante su gobierno se promulgaron en España y Alemania, lanzó otros igualmente en los Paises-Bajos arrojando á los gitanos