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El rey católico y el obispo guerrero hallaron útiles los servicios del gitano, del vagabundo sin culto que no bautizaba sus hijos, no pedia la bendicion del cura en sus desposorios, no llamaba al clérigo á sus exequias, no acompañaba con la vela en las procesiones, no se acercaba al altar ni al confesonario, y no llenaba las alforjas del fraile mendicante.

Al propio tiempo la mujer del gitano era consultada por las damas principales como por las hijas del pueblo, por los señores de toga y blason, de cota y arnés, como por el humilde campesino y plebeyo pechero. A todos decia la buenaventura, á todos hablaba palabras de esperanza, frases misteriosas que respondian á ciertas ansias del corazon. A ellas vendia la gitana filtros de amor, á ellos consejos para ser amados.

La gitana entraba libremente en lo más recóndito de las habitaciones, y muchas veces era buscada en lo más apartado de su caverna.

La gitana era una especie de sacerdotisa que ejercia su ministerio sin las pompas exteriores del culto religioso; pero sus prácticas no eran por eso ménos expresivas, su poder oculto no era ménos reverenciado, su influencia no era ménos temida; sus artes singulares alcanzaban quizá más prestigio que las ceremonias del misticismo. Y esto, sin embargo, en la sazón en que, como hemos dicho, Europa se hallaba bajo la supremacía y régimen del sacerdocio.

Muy pronto empezaron á divulgarse de uno á otro confin las acusaciones más extrañas y las relaciones más absurdas. Espias, ladrones, caníbales, hechiceros, incendiarios, envenenadores..... todo el capítulo de culpas de la Edad Medía recayó sobre los gitanos.

¿Serian acaso los que saludaron su llegada á Europa, inventando la leyenda de su penitencia, los mismos que inventaron luego esas horribles historias?