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Y el hecho aconteció!

A los pocos días el viejo no asistió más a las lecciones que eran dadas a la noche en el vasto comedor, porque se dormía oyendo el a, b, c.

Comprende, primo?... El gato levantó la cabeza y se lamió el hocico con su lengua blancuzca y áspera como una lija.

Y aqui lió su cigarrillo con toda calma, comenzando a buscar los fórforos entre los innumerables bolsillos de su saco, que es de memoria tradicional en la familia.

*
* *

Una tarde deletreábamos el m, a, ma cuando se me ocurrió acercarla bien a mi para oirle mejor la lectura: estaba un poco sordo.

Le pasé el brazo por la cintura y sin decirle una palabra le atraje hacia mis rodillas con todo disimulo.

Deletreó admirablemente y no pude menos que darle un besito — el primero — en la orejita rosada, en un puntito que hoy encontraría todavía con los ojos cerrados.

—¡Muy bien mi hijita, exclamé, muy bien!

Y la levanté en alto sentándola sobre mi pierna izquierda en demostración de mi