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— ¿Sí será así?... pensé.

Y por poco me echo a llorar de desesperación imaginando que siendo un sátiro no me querría mi dulcinea.

En ese momento, recuerdo que maldije a mi padre, a mi madre, a mi abuela, a mi abuelo y a todos los que habían colaborado en mi humildísima persona.

Ernestina comprendió mi dolor probablemente, pues cuando le alcancé el jazmín me tomó la cabeza entre sus manos blancas y diminutas y me dió un beso en la boca, diciéndome:

— Mi hijito... ¡tan rico!

Los oídos me zumbaron no podía creer que un Cacaseno como yo mereciera semejante distinción.

Se me saltaron las lágrimas y oculté mi cabeza en el seno de Ernestina, que rodeó mi cuerpo con sus brazos.

*
* *

Yo no sé como fué, pero el hecho es que mi boca curiosa se aventuró entre los vericultos de su pechera y que yo encontré... No quiero ni acordarme de lo que encontré porque es vergonzoso que un hombre a mis años, sienta todavía lo que siento.