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Es muy fácil para los hijos de nuestro siglo, cuando ya nos hemos alejado suficientemente del cuadro que presentaba España hace cerca de tres centurias, discernir con claridad la situación en que entonces se encontraban las diversas partes integrantes de la vida nacional. Fácil nos es ahora, aleccionados por la experiencia, ver el enorme error cometido al cerrar las orejas á los prudentes consejos prodigados en el testamento de Isabel la Católica, y justipreciar los verdaderos recursos con que contaba nuestro país en el siglo XVII para mantener la jerarquía internacional á que hubo de elevarla el genio de Don Fernando II de Aragón. Pero los hombres llamados á regir los destinos españoles en tiempo de los dos últimos Austrias no se hallaban en situación tan ventajosa para formular un claro juicio acerca de lo que á España convenía y solamente un genio, calidad que nadie será osado á atribuir á Olivares, hubiera podido des- entenderse de las preocupaciones del orgullo