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por lo tanto, la pena de denostarlos. Semejante argumento sería muy poderoso si el público se detuviera á aquilatar los matices; pero desgraciadamente el público no juzga sino en bloque y de modo lastimoso confunde á los poetas ávidos de ensanchar las fronteras de su divino Arte con los impacientes grafómanos que se prendan de toda fútil extravagancia.

Los desatentados imitadores de lo exótico barajan arbitrariamente lagos y cisnes, nenúfares y evónimos; embadurnan las palabras más triviales de los colores más inarmónicos —nostalgias rojas, sueños violáceos, quimeras azules, besos áureos— y la masa equilibrada y discreta se ríe de tantos abusos de la brocha y acaba por incluir en la legión de los ridículos innovadores, á cuantos poetas hagan uso de las palabras por los poetastros emplebeyecidas, siquiera al emplearlas aquéllos obedezcan á sinceras sugestiones de la inspiración propia.