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XXIX.

Entre los lobos

Al asomarme á la entrada de la caverna y mirar al mar, qúedé horrorizado: no solamente ví las ólas como montañas que batían nuestro miserable refugio y que me parecía se venían encima, sinó que me ensordeció el ruido del agua que chorreaba por todos los desfiladeros y el silbido del viento que levantaba las crestas espumosas, atravesándolas como una bala y desparramándolas en el aire en forma de neblina.

Esa noche, mientras comíamos nuestra ración de conservas, Smith, Matías y Calamar conversaron de los horrores de la caza que al día siguiente realizaríamos talvéz, si había só1 y concluyeron de perturbar mi espíritu, que no pude serenar sinó á costa de grandes esfuerzos y yá muy tarde.

—¡Mire que són canallas estos bichos—exclam6 Rodriguez.—¿Créen que no nos hán sentido?... A esta hora quizás no conversan sinó del chasco que nos ván á dar.