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XI


J.M.J.

En resumen. Convenía á la política de algunas personas religiosas y seculares, tan celosas de la prosperidad del Marqués de Comillas como de la propia, que yo, sobrado caritativo ó demasiado cándido, saliera de la casa ¿Por qué medio podían echarme de allí? Haciéndome pasar por demente. ¿De qué manera? Razones dudosas ó claras no habían de faltar, como tampoco gentes interesadas en tan buena obra, y, por otra parte, la víctima, dócil y sumisa, no diría una palabra. Dicho y hecho: endulzando la amarga píldora con buenas y engañosas palabras y con argumentos que me parecían empellones, hízose entrega del muerto á manos del señor Obispo de Vich. Pocos días después era sepultado en el Santuario de La Gleva y Requiescat in pace.

En dos años pasaron por él muchas calamidades y las soportó pacientemente, recordando que muchas más pasó el buen Jesucristo por nosotros. Su nombre, tan conocido algún tiempo en Barcelona, íbase olvidando; sus amigos lo compadecieron al verle desaparecer, mas ya no se acordaban de él, y sus contrarios veían gozosos que la tierra ocultaba la iniquidad que muchos sospecharon y que conocieron muy pocos. La hierba del olvido iba á brotar y á florecer sobre la sepultura, cuando el muerto, que no estaba bien muerto aún, viendo que se le encerraba completamente y quizás para siempre, reflexionó y se dijo: De los que huyen, alguno escapa. Muerto por muerto, prueba la suerte, mort per mort, prova la sort. Sacando fuerzas de flaqueza é invocando al santo nombre de Dios, tiró la losa, y á la hora menos pensada se vino á Barcelona, y, sentando sus reales en la Puertaferrisa, de donde se le había sacado afrentosamente, dió un grito de ¡Justicia! que resonó por España entera.

¡Justicia! ¿Quién había de hacérmela, en estos tiempos, cuando nadie sabía de mí, viejo, denigrado por malas lenguas, perseguido y sin un céntimo? Algún pobre de Jesucristo llora de alegría al verme resucitado y de tristeza al saber que querían