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de policía con la siguiente: Por orden gubernativa que se prenda á D. Jacinto Verdaguer, presbitero. Resultando conocido en la casa, vióse en el caso de atender mi defensa y formó cabal juicio de mi inocencia.
Mal había salido el primer golpe, porque así plugo á Dios; pero es fuerza confesar que iba bien dirigido. Los de policía no actuaban por sí solos, como no eran únicamente soldados romanos los que llevaron á cabo la prisión en el Huerto de Getzemaní: era menester que alguna persona amiga, conocedora de mis hábitos y mis costumbres, diera consejos, eligiera hora y lugar y dirigiera la maniobra infame. Poco antes de lo sucedido, un pariente mío preguntaba en la portería si yo había salido, dato importantísimo para evitar un golpe en falso. Mosén Collell figuraba en la cosa, aunque con mas finura y diplomacia. Tres horas antes me hizo llamar por un religioso amigo, reclamando con urgencia que pasase por su celda. No ignorando que cerca de ella había alguien más, y desconfiando del aviso, me excusé. Malogrado el plan, ideó una nuevo. Valiéndose de un médico amigo de ambos, me mandó un aviso, diciendo que por una necesidad apremiante me aguardaba en su casa á las tres de la tarde. Con lo cual creyeron que yo no dejaría de ir. El hubiera aparecido de improviso, con la nueva de que á las cuatro se me prenderia ignominiosamente, no sin ofrecerme, como arca de salvación, marchar á Vich en su compañía, que era el desideratum de todos ellos.
Habíanse evitado, á Dios gracias, los efectos de la primera calada, pero era de temer la segunda, y yo quedaba en capilla, ya que la orden era gubernativa y no era tan fácil revocarla. Efectivamente, á las once de la noche me esperaba la segunda visita del agente, al que habría tenido que seguir, de buen grado ó por fuerza, sin que sirvieran de nada razones y defensas. Felizmente Dios me amparaba de nuevo por medio del señor D. José Guillén, que jamás me había visto, y que hizo hablar á persona amiga, momentos antes, al señor Gobernador, dándole á conocer la verdad é interesándose por mí, precisameme cuando amigos de toda la vida y parientes queridos, se vendían traidoramente por menos de treinta dineros.