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VII
J. M. J.


Fuerte y aterradora era la conjura contra este retirado é indefenso ermitaño, pero era solamente el preludio de lo que me esperaba. No había intervenido aún en la lucha el que, habiendo recibido de mí más beneficios y pruebas inequívocas de estimación, debía corresponderme organizándola y dirigiéndola como abogado y caudillo, aproximando elementos dispersos y atrayéndose otros, particularmente entre personas estimadas, pera hundirme. Este, como todo el mundo sabe, es D. Narciso Verdaguer, primo mío, al que recibí en mi casa con los brazos abiertos cuando vino á Barcelona para sus estudios, como hermano menor que me enviaba la Providencia, al comienzo de mi senectud, para recoger mis libros, papeles y bosquejos, única herencia que podía legarle al morir. Él, tan fiel y afectuoso cuando, en dias bonancibles, yo navegaba, viento en popa, en la propia nave del Marqués de Comillas, al verme caer me volvió la espalda y se puso al frente de mis enemigos: viéndome martirizar de palabra y de obra, se hizo guía de mis verdugos, y salió de su propia mano la corona de espinas que me ha envejecido en el trascurso de un año, y no ha causado mi muerte merced al amparo de la Santísima Virgen. Él atiza la horrible hoguera de injurias y maledicencia que á poco me devora. Él ha hostigado al Marqués y á S. Ilma., de palabra, en cartas y telegramas, hasta declararles en guerra común contra su adicto capellán; y partidario de que conviene decir lo que es y lo que no es, de que se ha de mentir cuando es del caso, y de la máxima de Voltaire: «Calumnia, que algo queda», no cesó hasta obligar al bondadoso prelado á castigarme, cosa que no habría hecho motu propio.
Como pequeña muestra de los mensajes que le remitían él y mi otro ingrato primo Mosén Juan Güell, véase, con toda su incorrección y sencillez, esta carta, que recibí en 15 de abril, escrita por una persona arrepentida de haberles servido en tan triste misión: