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me era á todas luces necesario, para reforzar mi anémico y debilitado cerebro, y que si á ello me compelían era de acuerdo con el parecer de sabios médicos y llevados del buen afecto que me profesaban. Quieras que no, de buen grado ó por fuerza, el señor Obispo arrancóme la promesa de que con él saldría en dirección á Vich en el tren de la tarde. Esto ocurría un jueves, y acordándome al dia siguiente de que en la noche del sábado correspondía Vela al Santísimo en la capilla de la Sangre de la iglesia del Pino, solicité al señor Obispo una prórroga de dos días en el plazo convenido. Me la concedió liberalmente, mas D. Claudio creyó ver en mi piadoso compromiso asomos de desobediencia, y seguramente habríase opuesto á que lo cumpliera de no mediar una tarjeta del prelado diciendo que no me contrariara por cosa de tan poca monta, ya que el pecado no era grave. Y antes de despedirme de Barcelona, pude pasar una noche entre estimados amigos de Asociación, assoleyantme en la presencia de Jesús sacramentado, alabado sea para siempre.
Cuando al dia siguiente se me vió partir en dirección á Vich, con la maleta en la mano, solo, alcanzándome á duras penas el dinero para tomar billete de tercera, creyeron mis enemigos, yo ignoraba todavía que los tuviera, haber alcanzado un triunfo. Y ansiosamente se lanzaron tras de mi acusaciones é insultos para acreditar aquel adagio: Del árbol caido todo el mundo hace leña. Decían que me dejaba engañar tontamente; que iba á empobrecer la casa con tanta limosna; que con el importe de éstas, para mi cosa sagrada, sostenía gentes perdidas y de mal vivir, que me había aprovechado de las limosnas, retirándome por rico y con la maleta llena de billetes de Banco: que había tenido la osadía de leer los Santos Evangelios á algún enfermo (como aconseja el Ritual Romano) y que había llegado al punto de rezar los exorcismos (como si fuera pecaminoso un rezo que el Sumo Pontífice León XIII acababa de publicar); y, finalmente, que pretendía fundar una secta hija, ó cuando menos emparentada con el espiritismo. Uno de mis compañeros, que me debe su colocación, al advertir que sobre mí venía el pedrisco, volvióme la espalda, pasándose con armas y bagajes á los acusadores. Con el nuevo atizador