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EL JARDÍN DE LOS CEREZOS

dre y mi madre residieron aquí y mis antepasados lo propio. Yo adoro esta vivienda y ese jardín de los cerezos. Yo no concibo mi existencia sin ese jardín. Si hay que venderlo, que me vendan a mí con el jardín. (Toma entre sus manos la cabeza de Trofimof y le besa la frente.) Mi hijo Grischa corrió frecuentemente entre esos cerezos. Me parece que le estoy viendo. Grischa se ahogó en estas cercanías. (Llorando.) Tenga, compasión de mí...

Trofimof.

Harto sabe usted, Lubova Andreievna, que yo comparto sus infortunios.

Lubova.

Sí, en efecto; pero convendría que los compartiese de otro modo. (Saca su pañuelo del bolsillo; un telegrama cae al suelo...) Yo quisiera concederle la mano de Ania; pero usted no se ocupa de nada, no hace nada. Camina de una Universidad a otra. Pierde el tiempo lamentablemente. Divaga sin rumbo fijo. Yo no sé qué pensar de usted, Trofimof. Es usted un tipo singular.

Trofimof. (Después de recoger el telegrama.)

Yo no tengo empeño en ser una perfección.

Lubova. (Estrujando el telegrama.)

Otro despacho de París. Cada día uno nuevo... Yo le quiero, le quiero... Un gran peso llevo sobre mis