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ANTÓN P. CHEJOV

dad. Mientras que usted la examina, yo iré a decir al celador que nos prepare el te.

Teodorito salió arrastrando sus chanclas.

Dirigíme detrás del biombo. Zinita estaba recostada en un amplio sofá, en medio de una montaña de almohadones, y se cubría el descote con un cuello de encaje.

—A ver, muéstreme la lengua—dije sentándome al lado suyo y frunciendo las cejas.

Me enseñó la lengua y echóse a reir. La lengua era rosada y no tenía nada anormal. Empecé a buscarle el pulso, y no me fué posible hallarlo. En verdad, yo no sabía qué hacer ya. No me acuerdo que otras preguntas le dirigí mirando su cara risueña; sé solamente que al final de la consulta me había vuelto completamente idiota. Del diagnóstico que formulé no me acuerdo tampoco.

Al cabo de un rato hallábame sentado en compañía de Teodorito y de su señora, delante del samovar. Veíame obligado a ordenar algo, y, para salir del paso, compuse una receta con sujeción a todas las reglas de la farmacopea:

:Rp.
 Sic transit........................................................................................................................................................................................................
0,05
 Gloria mundi........................................................................................................................................................................................................
1,00
 Aquae destilatae........................................................................................................................................................................................................
0,10

Una cucharada cada dos horas.

Para la s.ra Selova.
Dr. Zaizef.

A la mañana siguiente, cuando con mi maleta en la mano me despedía para siempre de mis nuevos ami-