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CAPÍTULO XXXVII.

su tierra, y por esto no debe de haber respondido, ni responde á lo que se le ha preguntado. —No se le pregunta otra cosa ninguna, respondió Luscinda, sino ofrecelle por esta noche nuestra compañía, y parte del lugar donde nos acomodaremos, donde se le hará el regalo que la comodidad ofreciere con la voluntad que obliga á servir á todos los estrangeros que dello tuvieren necesidad, especialmente siendo muger á quien se sirve. —Por ella y por mi respondió el cautivo, os beso, señora mia, las manos, y estimo mucho y en lo que es razon la merced ofrecida, que en tal ocasion y de tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que ha de ser muy grande. —Decidme, señor, dijo Dorotea, ¿esta señora es cristiana ó mora? Porque el trage y el silencio nos hace pensar que es lo que no querriamos que fuese. —Mora es en el trage y en el cuerpo, pero en el alma es muy grande cristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo. —¿Luego no es bautizada? replicó Luscinda. —No ha habido lugar para ello, respondió el cautivo, despues que salió de Argel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro de muerte tan cercana que obligase á bautizalla, sin que supiese primero todas las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios será servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su persona merece, que es mas de lo que muestra su hábito y el mio. Con estas razones puso gana en todos los que escuchándole estaban, de saber quien fuese la mora y el cautivo; pero nadie se lo quiso preguntar por entonces, por ver que aquella sazon era mas para procurarles descanso que para preguntarles sus vidas. Dorotea la tomó por la mano y la llevó á sentar junto á sí, y le rogó que se quitase el embozo. Ella miró al cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decian y lo que ella haria. Él en lengua arábiga le dijo, que le pedian se quitase el embozo, y que lo hiciese, y así se lo quitó y descubrió un rostro tan hermoso, que Dorotea la tuvo por mas hermosa que á Luscinda, y Luscinda por mas hermosa que á Dorotea, y todos los circunstantes conocieron, que si alguno se podria igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le aventajaron en alguna cosa. Y como la hermosura tenga prerogativa y gracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades, luego se rindieron todos al deseo de servir y acariciar á la hermosa mora. Preguntó Don Fernando al cautivo como se llamaba la mora, el cual respondió, que Lela Zorayda, y así como esto oyó

ella, entendió lo que le habian preguntado al cristiano, y dijo con

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