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"El diablo judío no se diferencia en nada del diablo cristiano!"—se dijo el molinero, que sintió un pequeño escalofrío.

En este momento notó que Iankel daba con el codo al diablo.

—¿Qué tienes tú que tocarme?—preguntó el otro.

—Tsss!... Voy a decirle a usted una cosa.

—¿Qué?

—Dígame, por favor, ¿por qué tiene usted necesariamente que llevarse a un pobre judío? Haría usted mejor en llevarse a un buen cristiano.

Aquí, por ejemplo, muy cerca, vive un excelente molinero.

El diablo lanzó un profundo suspiro. Quizá él mismo estaba ya aburrido de permanecer allí sin hacer nada y, por distraerse, entabló conversación con el judío. Levantando un poco su bonete negro, se puso a rascarse con sus garras la cabeza, muy fuerte, como un gato que ve escapársele una rata.

—¡Ah, Iankel!—dijo—. Tú no conoces nuestro oficio: de ninguna manera puedo tocar a los cristianos.

—Y, sin embargo, no es tan difícil como parece. Sobre todo para un diablo como usted; en la Sinagoga me cogió usted de una manera artística.

El diablo tuvo una risita de satisfacción.

—Sí, es verdad; sé agarrar bien a los ju-