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D 19 ma. Pero lo más terrible sucede a media noche.

Los judíos son presa de un pánico loco. Encienden expresamente todas las bujías para no tener tanto miedo, caen por tierra y gritan como si les mataran. Y precisamente en ese momento, cuando todos están echados en el suelo y llorandu, Japun, como un enorme cuervo, penetra en la Sinagoga. Los judíos perciben el frío de sus alas, y la víctima que ha elegido siente cómo se clavan en su espalda las garras de Japun. Sólo de contarlo, le corre a uno un escalofrío por el cuerpo; ¡puede usted figurarse lo que sentirá el pobre judío! Desde luego, grita' con todas sus fuerzas; peró como todos gritan enloquecidos, su voz no se distingue. Acaso alguno de los que se hallan a su lado oyen sus gritos de terror; pero no pueden hacer nada: son felices, porque la elección del Japun no ha recaído sobre ellos.

Iarko mismo había oído muchas veces el sonido de un cuerno en la Sinagoga. ¡Tan doloroso, tan lastimero! Era el guarda de la Sinagoga, que dirigía al pobre judío la despedida de sus correligionarios. Después, todos se ponían sus botas porque en la Sinagoga no llevan más que babuchas—y, sin hablarse, se iban cada uno a su casa.

Iarko había visto también cómo se paraban, en pequeños grupos, a la luz de la luna, y murmurando plegarias, se ponían de puntillas y miraban al cielo. La Sinagoga permanecía desierta:

en el vestíbulo quedaba sólo un par de botas es-