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ra tomó te. Yo e Ivanov nos echamos nuestro te en la taza. Eché otra taza para ella. Se la ofrecí, y le ofrecí también el pan blanco que teníamos.

—Beba usted esto con pan—le dije—. Le calentará un poco. Antes de partir, le hará bien...

En este momento se estaba calzando sus chanclos. Al oír mi ofrecimiento volvió hacia mí la cabeza, se encogió de hombros y dijo:

—Es chusco el hombre éste! Me parece que está usted loco... ¿Ha podido usted pensar ni por un solo instante que yo iba a beber su te?

Mi amor propio quedó cruelmente herido. Aun ahora, cuando recuerdo aquello, siento un dolor.

¡Como si fuéramos leprosos para ella! Usted, por ejemplo, señor, come y bebe con nosotros. Lo mismo hacía el señor Rubanov, el último que hemos conducido, y que, sin embargo, era hijo de un oficial.

La señorita ordenó que le dieran un samovar aparte y en otra mesa. Naturalmente, pagó el doble, a pesar de que toda su fortuna consistía en un rublo y veinte copecas.

III

Calló, y durante algún tiempo reinó el silencio, cortado tan sólo por la respiración del otro guardia y por el ruido de la tempestad.

—No duerme usted?—me preguntó mi interlocutor.

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