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Yo estaba asustado. Aquello podía acabar mal.

Ivanov, borracho, dormía como un bruto, y yo...

¿Qué podía hacer? Era mi primer viaje y no tenía experiencia ninguna.

Por fin llegamos a Iaroslav. Desperté a Ivanov y entramos en el parador. Dije que nos dieran el samovar para que la joven entrara un poco en calor.

Desde Iaroslav podíamos seguir nuestro viaje embarcados, pero el reglamento prohibe conducir en barco a los deportados. Esto sería más rápido y, por consecuencia, podíamos hacer algunas economías, guardándonos parte del dinero que se nos había dado para el viaje. Pero no nos atrevíamos; cerca de los barcos que salían había siempre policías y gendarmes, que nos hubieran denunciado.

¡Yo no voy más en carruaje!—nos dijo la señorita. Si ustedes quieren... me pueden llevar en un barco...

Ivanov, que cuando se despertaba se ponía de muy mal humor, le respondió brutalmente:

—No se le pregunta a usted su opinión. La llevaremos donde y como queramos.

No le contestó nada, pero volvió la cabeza hacia mí y dijo:

—Me ha oído usted? No iré más en carruaje.

Llamé a Ivanov aparte y, en voz baja, le expuse mis razones.

—Hay que llevarla embarcada. Esto es ganancia para usted, pues el dinero quedará en su poder.