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que no tras una reja. No es el frío lo que me ha puesto enferma.

No comprendí lo que entendía por estar entre los suyos.

—¿Acaso tiene usted allí parientes ?—le pregunté.

—No, no tengo allí ni parientes ni conocidos.

No conozco en absoluto la población adonde voy; pero creo que habrá allí deportados políticos, camaradas.

Me sorprendió mucho que llamara suyos a gentes a quienes no conocía; me decía yo mismo que era ingenuo esperar le dieran aquellas gentes asilo y alimento, si ella no llevaba dinero. Pero no me atreví a decírselo porque vi que estaba disgustada y arrugaba de nuevo las cejas. "Veremos pensaba yo—. Si cree que allá, entre los suyos, como ella los llama, todo se arreglará a maravilla, va a sufrir una gran decepción..." Al caer la noche, las gruesas nubes grises descendieron más abajo, el viento se hizo más fuerte y empezó a llover. El camino se puso imposible de barro. Yo estaba manchado de lodo, y la pobre muchacha también. El viento era muy desagradable. Verdad es que el carruaje estaba cubierto por una tela, pero esto no servía gran cosa; el agua pasaba por todas partes. La señorita sufría mucho. Temblaba todo su cuerpo, tenía los ojos cerrados. Las gotas de agua corrían por sus mejillas pálidas, pero no se movía, como si hubiera perdido el conocimiento.