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ró el jefe. "Esta mujer la ha registrado." Ella le miró a la cara burlonamente, como queriendo subrayar su victoria. Ivanov, descontento, grufía que aquello iba contra la ley, que era deber suyo el registrarla; pero el jefe, viéndole borracho, no le hizo caso.

Partimos. Cuando atravesábamos la ciudad, ella miraba por la ventanilla del coche, como si quisiera despedirse o esperara ver a algún conocido.

Pero Ivanov cerró la ventana y bajó la cortina.

Entonces se acurrucó en un rincón y evitó el mirarnos. Yo tenía tanta compasión de ella, que alcé una punta de la cortina, como si yo mismo hubiera querido mirar a la calle; pero, en realidad, para que ella pudiera ver algo. Pero ni siquiera echó una mirada; acurrucada en el rincón, se mordía con cólera los finos labios.

En seguida tomamos el tren. Era un hermoso día otoñal del mes de septiembre. El sol alumbraba bien, pero calentaba poco; además, hacía viento; pero ella no se preocupó de esto, y abrió la ventanilla del coche. Según el reglamento, las ventanas deben permanecer cerradas, pero yo no me atreví a decírselo. Ivanov se había dormido desde que había entrado en el tren; era, pues, yo solo el que tenía que vigilarla. Al fin, después de largas vacilaciones, me acerqué a ella y le dije tímidamente:

—Señorita, cierre usted la ventanilla!

Ninguna respuesta, como si no hubiera ha1