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mas produce un ruido metálico. Entramos en una obscura habitación, ennegrecida, terriblemente caldeada. Todo es pobre y triste allí. La dueña pone sobre la mesa una tea encendida.

—Puedes darnos algo de comer, madrecita?

—No tenemos nada.

—No tenéis pescado? El río está muy cerca.

—Hace mucho tiempo que no hay pesca en el río.

— Ni patatas?

Santo Dios! La patata está helada, helada del todo, antes de la cosecha.

¡Qué se iba a hacer! Con gran sorpresa nuestra, encontramos un samovar. Bebimos un poco de te caliente; la dueña nos sirvió pan con cebolla.

Fuera, el viento seguía rugiendo. La nieve caía del cielo, impidiéndonos ver por las ventanas. La llama de la tea temblaba, próxima a apagarse.

—No podréis seguir vuestro camino con este tiempo—dijo la vieja—. Dormid aquí.

—¡Qué remedio nos queda!—dijo uno de los guardias, y, dirigiéndose a mí, añadió: —¿No tendrá usted prisa, verdad?... Ya ve usted qué triste país es éste... Aquel adonde le llevamos es todavía más triste, puede usted creerme.

Todo ha quedado en silencio dentro de la “itsba". La dueña ha dejado el trabajo y se ha acostado, después de apagar la tea. Todo está negro y tranquilo. El silencio es interrumpido tan sólo por las ráfagas del viento.

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