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Suspensos y dudosos quedaron los jueces de la palabra y ademanes del acusado; pero se retiraron á una seña del corregidor.

—¿Qué desea V? preguntó asi que estuvieron solos.

—La dureza con que me trató ayer jamás hubiera arrancado de mi pecho confesion alguna: mas la cordura y nobleza de hoy me han inspirado amor y confianza.

—¿Qué me teneis que decir?

El corazon me dice que sois de condicion generosa; ¡ay! hace mucho que mi alma necesitaba un alma como la vuestra. Y le tomó las manos con muestras de gran amor y veneracion.

—¿Qué me quereis!!

Esa cabeza cana y venerable ha combatido muchos años las tormentas de la vida y las pasiones de los hombres? ¿No es verdad que habeis aprendido á ser indulgente con vuestros semejantes?

—Señor, no comprendo á donde se dirigen sus palabras.

—Pocos pasos os separan de la eternidad:— pronto necesitareis misericordia ante Dios:— ¿no se la negareis á un hombre:— ¿no presiente V. nada?— no sospecha con quien habla?

—¿Quién sois? me atemorizais.

—Aun no presiente V. nada?— Escriba V. al principe como me habeis hallado, y que yo de propia voluntad he sido mi delator, y que asi tenga Dios misericordia de él, como la tenga él ahora conmigo.—Rogad por mi, anciano, y verted una lágrima sobre el informe que vais á dar de mí.— Soy Wolf el posadero.



FIN.