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Por momentos le preocupaba la necesidad de suplir a las pulgas con polvo y cobijas rojas, Es verdad que bien podrían saltar en los edredones de seda y plumas del pecho de las aves; pero nada como las cobijas esas de pelos duros, selvas vírgenes para las pulgas. Las cobijas pegadas a los cuerpos de los miserables, que por los huecos dejan salir en las noches de invierno, los miembros de poca carne, sucios y llenos de piquetes de pulgas.

Nada importaba que sus pulgas pusieran sus huevos en las rendijas asquerosas, el hombre venía del polvo, iba sobre el polvo y terminaba en polvo.

Prácticamente todo hombre era un redentor, ¿a quién no le habían picado las pulgas? ¿Quién no había sentido en el andar de las pulgas algo así como el andar de la conciencia? El domador daría sangre, más sangre con un gesto sagrado de sacrificio; así como las gotas que caían del corazón, en el cuadro que con las pulgas le había heredado su padre.

Otros eran libertadores de razas; otros formaban repúblicas; otros bolibaracos eran como el canto de los gallos a destiempo, que toman la claridad de la luna por la salida del sol. Otros fundaban partidos políticos a imita-

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