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ría tanto a sus pulgas, que le parecía una traición darles otra sangre que no fuera la suya.

El domador pensó que sus pulgas no tenían porque ser el hazmerreír de las ferias. El cinematógrafo las había tomado en una forma burlesca: se escapaban las pulgas, la gente desde luego se rascaba y se hacía chiste de unos animales que honradamente lo único que buscaban era su alimentación.

El domador decidió no exhibir más sus pulguitas, y vivir con ellas, repartirse con ellas. Darles la libertad dentro de su cuarto miserable, y seguir entregando su sangre para aquellos pobres seres brincones.

Había que redimir aquellos animalitos, víctimas de los dedos pulgares de las abuelas; había que libertar aquella raza, que había dado origen a tantas personalidades mal agradecidas, desde que se había inventado el sistema individual de matar pulgas. "Cada uno tiene su sistema de matar pulgas", eran las palabras que incesantemente se repetían y que tanto le maltrataban la existencia.

Muchas de sus pulgas, en verdad, eran de casa humilde, pero otras habían chupado sangre azul. Las pulgas eran muy aficionadas a las grietas de los castillos señoriales.

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