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más los ánimos, entonces sin decir palabra, clavaron la mirada contra la mesa. Las pulgas con la mirada fija sobre la mesa pensaron: que el sentido de lástima que creaba la palabrita, bueno, era la alcahuetería más grande para crear vividores, generalmente de vida limpia, lo cual era un vivo síntoma de absoluta inutilidad. En la vida había que confundirse; y de miles de complicaciones llegar a la deducción simple. Algo así como el agua que se ensucia porque viene regando y fertilizando los sembrados. También pensaron en el peligro de la pulga de andar, de hablar, de gesticular, bondadosamente, esa pulga podía ser la esencia de la hipocresía.

Las pulgas ya serenadas, después de pensar, levantaron la cabeza, y estaban en un todo de acuerdo, de desterrar aquel maternal y bondadoso: ¡Ah, pero es muy bueno! expresión que las llenaba de pulgas necias, aburridoras y estúpidas, que había que tolerar por un clemente calificativo.

Quedó desterrado eso de ser muy bueno, en el mundo de las pulgas eficientes. Las pulgas que pensaron una sola cosa, reitegraron su pensamiento a sus diversas ocupaciones más tranquilas que antes.

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