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tiene en busca de consuelo; como los trenes que buscan desesperadamente las estaciones.

La forzosa conciencia de una marcha, en la cual vamos dejando, en lanzas y espinas invisibles, la energía para el inciertísimo mañana.

Y la severidad, y la energía, y las obligaciones contraídas con el propio ser, que nos van quitando el derecho de sentirnos animales en la creación, sin conocimiento anterior, sin la sospecha futura, como esos animales que beben sol y se pulen de agua, a los cuales la noche les dicta el reposo para el vuelo madrugador.

Los ojos abiertos con susto de nacimiento, con el eterno horizonte de las cosas que se alejan, y con la seguridad de perderlos y de perderse; la divina casualidad, o el destino que nos dio y nos quitó lo que tanto amábamos: y lo que se refuerza en una ausencia, en una condensación de toda una vida pasada, en un grito de protesta y de arracarse el alma, que saldría dando voces por todos los amores que tenemos regados por los mundos...

Como la ola que se deshace en una espuma de resignados blancos, como los fantasmas de la tarde, que se suman a las noches, como los mástiles la última señal de la cruz, del barco

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