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EL ALTO DE UNA PULGA QUE ESTABA SOLA


C

OMO el que va en una jornada y se detiene; quiere poner el fardo abajo, y el impulso que fuerza a seguir una marcha de la cual no tenemos culpa ni conciencia.

Como la fiera que va por las veredas, de trote rítmico forzado, que en un instante levanta la cabeza, olfatea y parece cobrar conciencia de sí misma.

Como los barcos que rechinan y crujen, dentro de su misma marcha, parecen revelarse contra esa maldición de seguir adelante.

Como el sol que se nos va y deja un ocaso, como el pájaro seguro de que la rama es sólo un alivio momentáneo; como el yo que se de-

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