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cho auditorio, pues sus metáforas morales ya iban demasiado lejos, ver lo oculto con simpleza, necesita pulgas de continua contrariedad y rebelión.

El filósofo escandalizaba, especialmente el día que empezó a comparar a las celestinas y servidoras, con las comunidades de otra utilidad porque él decía, que en las escalas del amor, aquellas pulguitas, no eran otra cosa que humildísimas servidoras del amor. Y que pertenecían a una de las supremas renunciaciones.

Y contaba que en la mayoría de los prostíbulos, había santas imágenes, unas que pecaron mucho, y por el pecado fueron a la santidad del arrepentimiento, de otras imágenes, nadie sabía que hubiesen pecado, pero eran menos populares en esas casas. En aquellos altares, decía la pulga filósofo, jamás falta el pabilo en el cual se inquieta la llama, y ablanda la cera, así como los corazones blandos de los que habitan en los cielos, de ojos misericordiosos hacía los cuerpos de los pecadores.

La dignidad del prostíbulo está en contar quién fue el burlador estúpido, que las lanzó a la carrera, generalmente una pulga de automóvil y nombre heredados. Nunca el menor ren-

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