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rés. Aunque filósofo, sentía en ocasiones correr por su cuerpo los gritos de los senos, y la influencia de los temperamentos afinados en la sensualidad, y entonces, ¡oh! divino don el de poder olvidarse de sí mismo, es decir: quitarse la personalidad con los pantalones y recobrarla con los mismos que habían sido lanzados al descuido, y sentir de nuevo la tranquilidad, y el halago de los pensamientos deductivos.

Su afición a la filosofía prostibularia, le vino, cuando una meretriz, le probó que ella era pura de alma, que ya estaba libre de prejuicios, y que en cambio otras con el cuerpo de rodillas estaban bien necesitadas de desinfectantes del alma. Al oir aquellas palabras, ese día, el filósofo pulga sintió muy en mengua los apetitos de la sensualidad.

Supo el filósofo, que cada ramera tenía un hijo en el campo, y que estas del hijo, eran más sinceras en su profesión que las que lo tenían por llegar, porque trabajaban para el hijo. El gran tormento de estas pulgas fue, cuando el hijo era hija, que se volviera de su misma y terrible profesión. Y cuando querían darle todo el valor a un juramento decían: “si estoy mintiendo, que mi hija se vuelva puta".

La pulga filósofo no parecía encontrar mu-

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