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parecido de los hombres y las pulgas. Como el hombre se parece al perro, al buey, al gato, al asno, al gavilán y a la lora.

Un día, los días son asunto personal, un día muy importante para el domador, porque sintió que se le terminaba la vida, con un resto de fuerzas se asomó a la ventanilla quitando las telarañas y el polvo. Y dió unos gritos, como podrían ser los gritos que se han acumulado durante siglos; a uno de los temerosos transeúntes le pareció que aquel desgraciado entre sus alaridos pedía un médico. Los periódicos llenaron sus páginas; se hablaba por lo bajo; con el temor de lo que pudieran oír los fantasmas que no vemos, y corrió la voz de que el domador quería un médico.

Los señores galenos no parecían decidirse, hasta que un verdadero científico, un sabio, de barba muy larga, y cabeza cana, con mil trabajos y crugir de maderas antiquísimas, llegó hasta el domador de pulgas. Debe advertirse que los sabios son menos miedosos que el resto de los hombres, especialmente si están acostumbrados a tratar con la física, que pide explicaciones naturales.

Habló el sabio:

—Usted es el domador de pulgas, usted es

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