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EL SABIO


E

L domador era ya como una máscara de cartón, de color amarillo verdoso, las pupilas muy negras como dos pozos inmensos, y en la visión parecía guardar el terror de los que mueren asesinados, que conservan una copia en los ojos, del trágico momento.

El domador ignoraba cuántos años llevaba de existencia, lo habían secado tanto las pulgas, que vivía con vida de árbol que ha sombreado siglos y siglos.

Aquel hombre en verdad ya parecía un cuento de vecindario, que había pasado de generación en generación, una leyenda en una buardilla, con la ventana llena de telarañas, y la existencia de un tal domador de pulgas, fantasma al cual se le había ocurrido, redimir pulgas, y había creado una generación, de la cual, si acaso se sabía algo, era solamente el

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