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STELLA 7 e do de ser dle Enrique, su raza prin todos los compromisos que le trae su her. mosura, «premier prix de beautés necesita cuando inenos el millón, Casarse, pues!

Enrique tenía motivos para no enojarse con Alberto; jugaban juntos en el club, AL berto ganaba y Enrique perdía... Callaba.

—Apruebo, dijo Emilio. Y elavando en su hermano sus ojos que parecían demasiado grandes en su cara tan delgada y tan more- na, agregó, pausadamente, recalcando sus palabras: pero debe apurarse!

Había algo tan penetrante en esa mirada, tan incisivo en esas palabras, que sin com prenderlus nadie, se hizo un silencio y un malestar.

—Un telegrama, un telegrama para pa entcó gritando la Perla, con el subre color caramelo muy en alto, para que no se lo arrebataran las manos curiosas que se exten« dían hácia ella.





Todos preguntaban: «de quien, de quien, papá?» Don Luis leyó: «Salgo en el Nile. Máximo. »


El despacho provocó una explosión de jú- bilo. Ya no se habló de otra cosa; todos re- gocijados hablaban más fuerte y más ligero, sobresaliendo la voz de la Perla, repitiendo: «Viene mi pudino, vieue mi padino!» y la de Ana María que daba, á gritos, la buena 1 4 los criados.

—Ya verás el provincianito, cuando llegue



eva