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STELLA

Al hermano de Ana María.

Qué la mano de Dios abra á mis corazón y tu casal

En plena vida, fuerte y vigoroso, no soy un moribundo ni un enfermo; pero soy un condenado.

Desde hace años continúo marchando hacia el peligro sin encontrar la muerte. Un día me cerrará el camino de la vuclta, y entre los hielos quedaré con ella. Sobre mi hogar, ya hoy mutilado, caerán, entonces, las sor bras del desamparo.

No me pertenecen los movimientos de un alma extraña; no puedo, pues, juzgar el sen- timiento huraño que ha guardado la tuya para el hombre que hizo feliz 4 tu herma- na «<amándola sobre todos los hombres y sobre todas las cosas». Sí, sí, sobre todas las cosas!

El carácter, la educación, las ideas de nuestros dos países son tan diferentes como sus latitudes. No amamos, no pensamos, ni

hijas tu