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192 STELLA.

sombrero tenía muchas alitas negras y blan- cas, y que llevaba un ancho paquete en las manos. Llamóle la atención su palidez.

Entró 4 la casa, ofreció su antomóvil 4 misia Carmen que iba á misa, subió á ver á don Luis, jugó con Stella y los chicos en el jardin, y se fué caminando despacio hasta el «Grand Hotel», aspirando el aire purísimo de ese día de Octubre, dejándose penetrar por su luz y su suave calor.

Venía por Florida y al llegar á la esquina de Paraguay reconoció en una señora que salía deuna pomposa casa de la mitad de la cuadra á Alex, y en la casa, la de D. Samuel Montana. La joven, que caminaba en la mis- ma dirección que él, no lo había visto. Su instinto de hombre educado lo desvió, y do- bló discretamente para tomar Maipú.

«¡Qué muchacha imprudente!» dijose; pues si bien para los extraños no era una intonve- niencia la visita á la casa del banquero, quien vivía allí con su bija, era, sí, una enorme para la familia, donde se sabía que después de las carreras, Alex y Clarita no habian vnelto á ha- blarse,suprimiéndose toda relación entre gllas.

Nada, pues, explicaría una visita matinal 4 la quesólo autoriza una gran intimidad.

Justamente aparecía ella de nuevo en la esquina de Córdoba, caminando ahora en dirección contraria. Había tenido la misma idea de doblar para tomar Maipú, deseando evitar la gran concurrencia de Florida, La