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190 o STELLA tamente ajena á lo que pasada. ¡Le parecido tan extraño saber que una mujer pueda sentirse humillada, herida por el hecho de que un hombre, que la distingue 6 que la quiere, se acerque á otra mujer!

Ya corría y se comentaba, aumentado, el caso inusitado de un «desaires á Montero y Espinosa. Los comentarios llegaron hasta Isabel, que sintió levantarse su soberbia, y hasta misia Carmen y Micaela, ya fastidiadas de antemano por el éxito inesperado de Alex,

Mientras paseaba el intermedio, se acercó 4 sutía, para cambiar cón ella una palabra afectuosa. Una sonrisa forzada y agria la acogió. Cerca estaba Carmencita, en un ter pelo negro que disimulaba su grosura, la que había llamado nuevamente á Alberto de una manera que éste no pudo excusar sin ser grosero, para presentarle á una dama muy respetable, agobiada por sus joyas.

—Vaá acompañar á usted señora, mi espo- so, 4 la mesa, Alberto, la'señora de Velázquez, dijo Carmencita.

Su marido enverdeció ante la perspectiva de pasar en semejante compañía la mejor hora de la noche, y la mirada trágica que clavó en la priita fué tan cómica, que la jo- ven tuvo que contenerse para no soltar una carcajada,

—¡Qué bien baila tu marido, Chrmencital dijo para disimular, sin caer en cuenta que tratándose de ésta, era una imprudencia.


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